En las relaciones íntimas, los cuerpos-dolor suelen ser lo bastante listos para pasar inadvertidos hasta que empecéis a vivir juntos, preferiblemente después de firmar un contrato por el que te comprometes a estar con esa otra personas el resto de tu vida.

No solo os casáis con vuestra pareja, os casáis con su cuerpo-dolor. Puede resultar muy chocante que poco después de vivir juntos, un día de pronto, vemos un completo cambio de personalidad en el otro. Su voz cambia a ronca o chillona, para acusarte, culparte o gritarte, probablemente por una cuestión trivial. O bien se encierra por completo en sí misma. "¿Qué pasa?", preguntas. "Nada", te contestan. Pero la energía intensamente hostil que emana de ella, te está diciendo "Todo va mal". Cuando le miras a los ojos, no hay luz en ellos. Es como si la persona conoces y amas, no hubiese existido nunca, que el que te devuelve la mirada sea un completo desconocido, en el que todo lo que ves es odio, hostilidad, amargura, rabia.

Pero cuando te habla, tienes que saber que no es tu pareja quien lo hace, es su cuerpo-dolor, que habla a través de ella, con una versión de la realidad desfigurada por el miedo, la hostilidad, la ira y el deseo de inflingir y recibir más dolor. No es el verdadero rostro de tu pareja, no cometiste un terrible error al elegir a esa persona. Es solo el cuerpo-dolor que ha tomado posesión temporal de ella.

Eckhart Tolle, Un mundo nuevo, ahora. 136