Una emoción negativa que no se afronta plenamente cuando surge, no se DISUELVE POR COMPLETO. Deja atrás un residuo de dolor.

A los niños las emociones negativas fuertes les resultan demasiado abrumadoras y tienden a intentar no sentirlas (su única opción, habitualmente). Por desgracia, este mecanismo infantil de defensa suele persistir cuando el niño se hace adulto. La emoción sigue viva en su interior, sin ser reconocida, y se manifiesta indirectamente como ansiedad, ira, arrebatos de violencia, melancolía e incluso enfermedad física. En algunos casos interfiere las relaciones intimas o las sabotea.

Los residuos de dolor que deja toda emoción negativa fuerte que no se afronte plenamente, para luego aceptarla y expulsarla, se van juntando y forman un campo de energía que "vive" en las celulas de tu cuerpo. No solo están ahí los dolores de la infancia, también de la adolescencia y de la vida adulta, muchas de ellos creados por el ego. Ese es el dolor emocional, que te acompaña ineludiblemente cuando la base de tu vida es un falso sentido del yo. Es el cuerpo-dolor.